El condenado

Un joven minero trabajaba en Oruro. Había prometido casarse con su novia, pero murió en un accidente dentro de la mina antes de cumplir su palabra. Esa misma noche, el minero apareció en la casa de la muchacha. Ella lo recibió creyendo que seguía vivo. Conversaron, pero poco a poco su voz se volvió grave y su rostro se transformó en calavera. Entonces comprendió que estaba frente a un condenado. Desde ese momento, el espíritu del minero vaga sin descanso. Se dice que aparece en caminos solitarios o en barrios antiguos de La Paz, buscando cumplir lo que dejó pendiente. Quienes lo han visto cuentan que si alguien se cruza con él y no lo saluda, el condenado aprende tu nombre y te persigue llamándote a gritos.